NY marathon. La felicidad difumina el cansancio

Puente Verrazano. Una mezcla de júbilo y contrariedad. Estaba entusiasmada con lo que tenía por delante y a la vez temerosa al ver las cifras que mi GPS arrojaba, una media de 4:20 los primeros compases no eran buen presagio. No era consciente del desnivel que estábamos

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pasando, ni del viento en contra que nos frenaba, sólo me tranquilizaba que pudiera ser consecuencia de no haber calentado. Cuando nos alcanzó Jose Antonio, dejé de pensar por unos instantes e intenté sonreír a cámara. Me resistía a mirar el reloj, el tiempo no me preocupaba en exceso, pero sí tenía una idea del ritmo que me gustaría rondar. Al descender el puente, los dígitos del cronómetro fueron bajando y ajustándose a lo planeado.

En Brooklyn, empezó la fiesta. De repente todo se volvió bullicio, una hilera de gente a ambos lado de la acera animando en todos los idiomas, aplaudiendo sin cesar. Te ofrecían bebida, comida, papel para secarte el sudor o incluso con carteles, te abrían la puerta de su casa para que utilizaras el baño. En esos momentos recordaba las instrucciones de quienes conocen los entresijos de la maratón de Nueva York, de no dejarse llevar por el júbilo del ambiente. Pero era imposible, cada vez corría con más ganas.

Avisados también estábamos del contraste de animación con el barrio judío. Nos habían dicho que los gritos se apagaban y llegaba el silencio. Que en ese punto la maratón pasaba con indiferencia a los ojos de sus vecinos. Pero algo está cambiando, porque aunque los decibelios bajaron ostensiblemente, allí también había muestras de aliento, los niños aplaudían y sacaban sus manos para chocar las palmas, niñas ofreciéndote caramelos.

Diviso banderas de España, nos alegra ver alguna ikurriña a la que también devolvemos el saludo, hasta que sobre la octava milla oímos los gritos inconfundibles de Pepe, Marisa y María José, junto a un grupo de españoles, que no sólo nos jalean, también nos hacen fotos.

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La hidratación y alimentación puede ser determinante en un maratón, en épocas de calor el cuerpo te pide líquido, pero cuando la temperatura refresca es fácil descuidarse. En la maratón de Nueva York ponen todo de su parte para que esto no sea un problema. Avituallamientos cada milla pasada la tercera. Yo opté por beber en puntos alternos, combinando agua con sales. Sobre el kilómetro 15, 25 y 35 tomar mis propios geles de 226ers. Javi, además de ser mi fiel compañero se preocupa de cogerme los vasos, yo sólo tengo que correr.

De los 5 barrios, por Brooklyn discurre la mayor parte de la maratón, justo la media está situada en el puente que da paso a Queens (1:23:16). Cada pasarela implica una elevación, y las cuestas no son mi fuerte. También, la ausencia de público lo complican un poquito más. Pero aún vamos con fuerzas y no nos resentimos mucho. Algo peor se me da Queensboro Bridge, un puente larguíiiisimo, diría que casi interminable, en el que los kilómetros empiezan a pesar. Con un descenso que hace daño en algunos cuádriceps, no en los míos que ven una cuesta abajo como gloria divina.

Entrada en Manhattan. La primera avenida es larguísima pero la animación se vuelve

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incesante. Estoy disfrutando tanto que el sufrimiento se difumina con la alegría. Veo de nuevo grupos de españoles, las banderas de Endeavor y me acerco a chocar las manos, oigo mi nombre y me vengo  arriba. No siento cansancio, eso y que el trazado es favorable en aquellos instantes. Otro puente nos lleva a El Bronx, por donde transcurrimos poco más de una milla. El contraste de público y arquitectura urbana es evidente.

Vuelta a Manhattan por la 5a avenida. Aquí es el único momento que me vengo un poco abajo, aunque el ritmo se ha resentido antes, mi moral flaquea cuando enfilamos por segunda vez la quinta. Siempre picando hacia arriba no veo el final de tan eterna avenida. Se me hace dura y tediosa, Javi me anima porque sabe que ve se me está atragantando ligeramente.

Por fin entramos a Central Park. Una carretera de toboganes, que si bien pican un poquito, sé que después de una subida llega la consiguiente bajada. Es en la primera de ellas, donde veo a una chica con camiseta de Big Island con la que había ido gran parte de la maratón jugando a adelantarnos alternativamente. Le digo a Javi de ir a por ella, y me insta a que lo haga yo; “Ahora te pillo” me dice. Decidida voy hacia ella, la rebaso, y al poco miro atrás en busca de míster duatlón, pero no le veo. Un español me grita que no mire atrás. Atisbo a otra mujer y me lanzo a superarla antes de llegar a Columbus.

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Veo el cartel de 800 metros. La meta está cada vez más cerca, y como no, cuesta arriba. No sé si apretar o pararme en seco. Javi no llega a mi altura y el sueño de cruzar la línea juntos se desvanece. Alzo los brazos. Lo he conseguido. 2:53:01. He de reconocer que pensé iba un pelín más rápido, el paso por los puentes pudo despistar al GPS que me marcaba un ritmo algo mejor. Pero en cualquier caso estoy súper feliz con la experiencia. Enseguida miro atrás para buscar a García que no aparece, pasados unos minutos por fin llega. Lo que yo creía eran problemas musculares fueron en realidad estomacales, pero al tener que parar también sobrevinieron los primeros. Nos queda una cuenta pendiente con Nueva York, rebasar la meta juntos.

Para terminar, agradecer a todos los que nos han acompañado en este sueño. A Campofrío por esta magnífica iniciativa, al equipo de Your First Sports encabezado por Miguel, Jaime, Carolina, Aaron y el resto de compañeros. A los valientes con los que compartí sueño, viaje y muchas risas: Jose Antonio, Roberto, Alberto, Laura, Leticia, Jimena, Manolo. También los que no pudieron estar en Nueva York pero les tenemos presentes siempre: Raúl, Sonia y Antonio. Y a los capitanes de la aventura: Juan Carlos Higuero y Miguel Ángel Muñoz. Sin olvidarme cómo no, a todos mis chic@s de Corre Con Nosotros, que estuvieron animando en la distancia. Como mi familia, mi madre y Amaya siempre preocupadas. Sobre todo a Javi por ser mi guía, sombra y animador en todo el proceso de maratón.

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Nos vemos en la próxima!!

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Volando hacia el sueño americano

2 de noviembre de 2017. Aeropuerto de Barajas. A las 16:30 partía el avión fletado para cumplir mi sueño, y el del resto de mis compañeros Valientes: El maratón de Nueva 

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York. Las mochilas repletas de ilusión, de ropa de la que desprendernos en Verrazano, para cubrir nuestro cuerpo de un dulce sufrimiento y llenar las piernas de kilómetros. Sin incidencias, pero con la grata sorpresa de encontrarme en las nubes con la encantadora Sonia, comenzamos a surcar el Atlántico para aterrizar en Nueva York.

Como si del día de la marmota se tratase, las mañanas previas a la gran cita amanecían con la misma secuencia: despertar pronto bajo los efectos del cambio horario, salir a correr con Jimena y Javi a horas en las que en Madrid me resultaría casi impensable. Dirigir nuestras zancadas, contenidas por la emoción, para llegar a Central Park. Fugaces saludos a la carrera con caras conocidas como Paco y Nerea. Parada frente a la meta a inmortalizar el momento, en teoría, pese a las pocas horas de sueño, con mejor cara que el día de la carrera. Creo tampoco se podía, pero por si acaso, tampoco nos planteamos cruzar el arco de la milla 26 y poco, no fuera a volverse en contra la suerte.

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El domingo, los caprichos de la convención para atrasar los relojes, hizo que pudiésemos disfrutar de una hora más en los brazos de Morfeo, o al menos, intentar acercarnos a su vera, pues la noche anterior no se caracteriza por un profundo sueño, más bien lo contrario. Poco antes de las 5:00 de la mañana ya estábamos en pie. Ligero desayuno, y sin perder minuto recoger lo imprescindible para la salida.

TCS NYC marathon tiene la complejidad de tener los puntos de meta y salida bastante equidistantes, con el añadido de esta última estar situado sobre el puente Verrazano, que une Staten Island con Brooklyn. Con lo que la llegada a este emplazamiento se tiene que hacer con muchísima antelación, esto es, como poco 2 horas antes en el mejor de los casos. Este fue el único momento “crítico” que recuerdo, el atasco cuando nos dirigíamos a Ford Wadsworth, condimentado con un pequeño rodeo de nuestro autobús que nos retraso unos cuantos minutos, hizo que la angustia, mezclada con una buena dosis de nerviosismo, se apoderara de mí y llegara a pensar que no llegaríamos en hora a la entrada de nuestro corral.

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El frío que pudiéramos sufrir, durante la espera, a principios de Noviembre con la conjunción de las gélidas aguas como termostato, era casi lo que más me asustaba de este Majors. Ataviados cual cebollas, con ropa vieja muchas veces sin ningún tipo de criterio para su conjunción, Ford Wadsworth parecía un desfile de corredores de los años 80 y personas con pocos recursos. Pero, mejor calientes que elegantes. Todo lo que lleváramos de más se quedaría allí para la beneficiencia.

El grupo se disgregó al llegar al recinto de salida. Fotos de despedida y buenos deseos. Javi y yo nos manteníamos unidos, buscando la entrada al corral azul. Sentándonos unos minutos para descansar las piernas hasta la hora de pasar al puente. Allí fue grato encontrarnos con Javi Moro y Oskar Díez, juntos escuchar el himno americano y el cañonazo de salida.

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A correr!! continuará….

Maratón de Madrid. 42 kilómetros de ilusiones

2016 terminó de manera agridulce en cuanto a resultados deportivos se refiere, una tónica que no veía mejorar en un futuro cercano. Carente de objetivos ilusionantes cercanos. Debía tomar cartas en el asunto y redireccionar mis zancadas hacia una meta. El 1 de Enero me levanté y puse las miras en el Maratón de Madrid. Pero las cosas en los meses siguientes no acompañaron demasiado y los sinsabores se prodigaron más que las alegrías. Tras tantos años de kilómetros en mis piernas, reconozco mi cansancio, tanto físico como mental, decidí que correr no me podía suponer más disgustos innecesarios. Es por ello que quise enfocar la distancia de Filípides sin exigencias, sólo con las ganas de vivir y disfrutar de cruzar la meta en la ciudad que me vió nacer y crecer.

El entrenamiento de estos meses ha sido todo lo contrario al de otras ocasiones donde el reloj, los ritmos, el sufrimiento marcaban el día a día de la preparación. Esta vez, me he olvidado de esa lucha conmigo misma y me he centrado en disfrutar en cada sesión. Con menos kilómetros e intensidad de lo habitual. Llegaba a la cita capacitada para realizar  largos esfuerzos pero no suficientemente preparada para hacer frente a los 42 kilómetros.

La mañana  amanecía soleada, pero 2 nubarrones negros amenazaban mi mente. Mis preocupaciones se centraban en un dolor intenso de metatarso en los días que las sesiones se prolongaban por encima de los 15 kilómetros contínuos, que me impedía proseguir la marcha durante mucho más tiempo. Y no menos importante, la falta de saber gestionar y aguantar el sufrimiento. Era consciente que ambos temores aparecerían, no sabía cuándo ni si sabría capearlos. Por otra parte, tener a Javi a mi lado, me tranquilizaba, su compañía siempre es un aliciente para mí, me anima, guía y exige.

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Foto: Pepe Campos

Como manda los cánones de las competiciones importantes, desayunamos 3 horas antes, y aunque apuramos más de lo habitual, a las 8 de la mañana cogimos la moto y nos pusimos en camino. Aquí empezaron los contratiempos, nos encontramos la calle Bravo Murillo cortada, llegar a la salida se complicaba. Supimos mantener la calma y buscar alternativas. Breve calentamiento, y listos para afrontar los 42 kilómetros.

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Foto: Jesús Carrero

Aunque disfrutar y acabar la prueba era el objetivo que sobresalía por encima del tiempo, habíamos tomado de referencia el tope de las 3 horas para marcar el ritmo. La estrategia era subir Castellana no mucho más rápido de 4:15 el kilómetro, sabiendo que era muy posible que las primeras zancadas se dispararan algo más veloces. Luego intentar incrementar un poco el paso en los terrenos favorables y mantener el tipo en las subidas. Creo que como máquinas de precisión clavamos nuestros propósitos. Disfrutando de cada metro, sin parar de oír mi nombre en cada esquina, e incluso a muchos de los corredores que me sobrepasaban. Durante los 13 primeros kilómetros compartimos circuito con los participantes de la media, me ayudó mucho seguir la camiseta de Corre Con Nosotros de Jose Cobos, que nos paso como una exhalación en los primeros compases y luego cada vez le teníamos más cerca.

Para mí uno de los momentos más emotivos de la mañana fue vislumbrar a mis sobrinas animando, pancarta y cencerro en mano, en la zona de Gran Vía, ver correr a Ariadna por detrás del público a mi par por unos metros casi hace se me salten las lágrimas.

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Las sensaciones eran buenas, el ritmo perfecto, sólo me atormentaba mi vejiga, que pedía ser vaciada desde salida. En plaza Castilla deseché la idea de parar a silenciar mi tormento, era demasiado pronto. Hasta poco antes de la media maratón no ví los siguientes baños portátiles, momento en que hicimos una parada rápida. Ya liberada proseguimos la marcha, pero mis pies, a esas alturas ya empezaban a arder, los metatarsos sentían clavar puñales en cada apoyo. Necesitaba parar de nuevo. Nada más tomar Avenida de Valladolid me senté en la acera, me despojé de zapatillas y calcetines y me desprendí de unas almohadillas ortopédicas que me había puesto.

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En los kilómetros siguientes todo fue a peor, nos adelantó y vimos alejarse en el horizonte al globo de las 3 horas. Hasta esos compases, aunque de manera anecdótica, seguía liderando la prueba popular en categoría femenina, pero al entrar en la Casa de Campo, perdí también esa posición. Me hundí física y moralmente, las ganas de abandonar eran cada vez más fuertes y no hacía más que preguntar a Javi cuando nos parábamos. El me contestaba: en el lago. Lo rodeamos, nos alejamos, y volvimos a el, pero no nos deteníamos. A míster duatlón, parar en el 24 le pasó factura muscularmente, la salida de la Casa de Campo fue crucial para él, un calvario para sus cuadríceps. Yo daba por hecho que mi aventura iba a finalizar, por lo que le pedí no siguiera sufriendo. Por inercia y los ánimos de mis hermanas, Amaya y Yolanda, acompañadas por Irene, seguí mi marcha, mis propósitos se cernían en avanzar kilómetro a kilómetro.

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Nuevo plan de acción: Tenía que lidiar con el segundo gran temor, la falta de entrenamiento del sufrimiento. Descontar metros, fragmentar lo que me quedaba, corriendo entre los avituallamientos y andando al llegar a ellos mientras me hidrataba correctamente, sin prisas ni sobresaltos. Sólo pensaba en ver a mis sobrinas por segunda vez, necesitaba sentir sus ánimos, la única energía capaz de resucitarme en esos momentos, y aunque estaban, no las ví. Recuerdo los ánimos de Manolo, Fran, Gándara, de los Drinkingrunners, con mis chicas Marta, María y Raquel, gritando como si no hubiera un mañana. Y seguir avanzando poco a poco hasta la meta. Cuando enfilé Príncipe de Vergara supe que lo conseguiría, de repente, como si se tratara de un último aliento, mis piernas volvieron a carburar, no era un ritmo frenético, pero sí mayor que los pasados.

Un pie en El Retiro, un kilómetro para acariciar mi momento de gloria personal. Alcanzar un sueño hecho realidad gracias a todos los que alimentasteis mi esfuerzo, acompañasteis en el sufrimiento y aguantasteis mis dudas en este día y los que precedieron. Crucé la meta de la 40º edición del maratón de Madrid en 3 horas 7 minutos 56 segundos. Anecdóticamente fui la octava de la general, segunda europea y primera española y madrileña. Pero sobre todo feliz de haber conseguido terminar venciéndome a mí misma.

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